miércoles, 30 de julio de 2014

El Valle de Guadalupe.

El Valle de Guadalupe es una joya natural del Estado de Baja California, ubicado a 30 Km de la ciudad de Ensenada. Sus matices convergen en una fusión poética para los sentidos, brindando a todo aquel que lo conoce de regocijo, paz y tranquilidad, pues es una invitación al descanso y al reencuentro con la naturaleza. Los tonos bermejos y ocres de su tierra, verdes y azules de follaje y cielo, se unen en una confluencia agradable que logra el ambiente perfecto. Es en este escenario de clima placentero, donde el trabajo, la visión y los sueños del hombre se engarzan para crear una magia que se resume en pasión por el arte, el vino y la gastronomía. La calidez de su gente y la bondad de su tierra, crean el conjunto perfecto aunado al esfuerzo y entrega de quienes ofrecen un excelente servicio para saciar los paladares más exigentes. Lo que ha dotado al Valle de Guadalupe de una magnífica reputación a nivel internacional, pues la calidad de sus productos son mundialmente reconocidos, llevando en alto y con gran orgullo el nombre de nuestro país y sobre todo de nuestro estado. El Valle de Guadalupe ofrece una diversa gama de opciones, tales como restaurantes, hoteles y vinícolas; es el lugar perfecto para pasar una velada inolvidable, una vacaciones de ensueño o un fin de semana para convivir con la naturaleza. Los exhorto a que visiten esta majestuosa tierra y disfruten de sus magníficas bondades.

jueves, 17 de julio de 2014

Hay que viajar ligero por la vida.

Si tuvieras pocos minutos para salir de tu hogar y tomar algunas pertenencias, ¿qué escogerías? Ésa fue la situación en la que nos vimos mi marido, Francisco, y yo el pasado 15 de junio a consecuencia de un incendio cercano a nuestra casa. Dulzura, California, en primavera, otoño e invierno puede ser un paraíso, pero el verano es peligroso, pues es temporada de incendios. Nos preparábamos para salir a festejar el Día del Padre, en la playa de Coronado, cuando percibí un olor a quemado. Se me aceleró el pulso. Al vernos en riesgo un torbellino de emociones encontradas me invadió. De pronto ese lugar de naturaleza, paz y tranquilidad puede no serlo. No es la primera vez que sucede, de hecho es la tercera. Salí para ver de dónde provenía el fuego: Vislumbré el humo tras las montañas del sur y aunque la lumbre no estaba tan cerca, podía propagarse de un segundo a otro. Cayeron cenizas a mis pies. Eso, por una parte era bueno, me indicaba que ya estaban combatiendo la lumbre, pero por otro lado era todo lo contrario, pues también con las cenizas se puede iniciar otro incendio. —Hay que llevarnos lo más importante— dijo Paco. Precisamente para estos casos tengo preparada una maleta con documentos. En otra algo de ropa, la computadora y listo. El ruido de los aviones apagando el fuego me tranquilizó. Subimos los perros y las maletas al vehículo, y emprendimos la marcha. Confié en que el peligro pasaría. Conforme nos acercábamos a la salida (aclaro que vivo en un rancho y hay un solo camino para salir de la propiedad) nos aproximábamos hacia el lugar del incidente. Los bomberos y la policía tenían bloqueado el paso. Se acercaron para comentarnos que la situación estaba controlada. Podíamos disfrutar el Día del Padre sin preocupaciones. Durante el trayecto a la playa iba pensando en esos momentos donde hacemos planes: Antes de lo ocurrido el mío era muy sencillo; quería relajarme en la playa, sentir la arena, meter los pies en el mar, disfrutar el Sol sobre el rostro y leer un buen libro acompañada del sonido de las olas. Después del incidente, iba pensando en que la vida te puede cambiar en un segundo. Bien dice el dicho “Uno pone y Dios dispone”, gracias a Dios que pude llevar a cabo mis planes. También cavilaba en que me siento contenta de no tener apegos materiales, claro que me hubiera dolido perder mi casa, pues nadie quiere quedarse sin techo, sin embargo, tenía conmigo lo que más atesoro: Salud, mi marido y mis perros. También mi computadora y mi bolsa (objetos de extrema importancia) pensé que con lo que llevaba en ese momento podía iniciar en cualquier parte. Viajo ligera por la vida, ¿y tú?

lunes, 7 de julio de 2014

La importancia de los colores en nuestra vida.

Los colores son un elemento importante. En ocasiones olvidamos la repercusión e influencia que provocan en el entorno y nuestro estado de ánimo. Por ejemplo, los colores son usados por las empresas para atraer gente, vender más, llamar la atención sobre algún producto e inclusive para dominar. Así como el lenguaje corporal envía mensajes y vibraciones, los colores también tienen ese poder. Son utilizados como herramienta, pues transmiten frecuencias energéticas y elevan el autoestima. Puedes vestir o usar objetos que provoquen un mejor ánimo, pintar las paredes de tu casa u oficina para crear un espacio de luz, calma y tranquilidad. · Si te sientes cansado, rechazado o triste intenta vestir de rojo, este color provoca asertividad, fuerza y equilibrio. · Si estás frustrado, enfermo o enojado el verde te hará sentir armonía y paz. · Para combatir el letargo o la melancolía, el color naranja alimentará tu entusiasmo, este color también estimula el apetito y la conversación. · Si te circunda un ambiente problemático, el rosa es una buena opción para tranquilizarte, además promueve el afecto. · Si hay mucho estrés en tu vida, el color violeta produce un efecto de calma y te acerca a lo místico. · El color azul relaja y refresca, así que si estás nervioso, vestirte de este color o pintar una pared de tu cuarto será de gran ayuda. · Para la depresión, la frustración y la soledad, el color amarillo aumenta tu energía. · El color negro da autoridad e independencia, así que si te sientes vulnerable o sensible vístete de este tono. Si bien es cierto que no se pueden resolver los problemas de la vida cotidiana con el simple hecho de vestirse de colores, como si fuera una varita mágica, sí considero importante que al menos sepamos lo que significa y conozcamos las repercusiones que provocan en nuestros sentidos. Lo más importante es que estemos conscientes de las sensaciones y circunstancias que nos rodean, que aprendamos a analizar y comprender que somos los únicos que podemos cambiar nuestro entorno con acciones, con pensamientos, con actos bondadosos y que los colores pueden contribuir a que se mejore el ambiente y vibremos con una energía más elevada para atraer cosas lindas y positivas. Y como dijo Audrey Hepburn: “Pienso en rosa. Creo que reírse es la mejor manera de quemar calorías. Creo en los besos, en besar mucho. Creo en ser fuerte cuando todo parece ir mal. Y creo que las chicas felices son las más bellas. Creo que mañana es otro día y creo en los milagros”.

viernes, 30 de mayo de 2014

Amor Incondicional

Estaba sentada en la recepción del consultorio médico esperando ser atendida. Frente a mí, una señora de edad adulta me sonrió. Éramos las únicas en la sala y para olvidarnos del tiempo, empezamos a platicar. El tema recayó en su niñez, me dijo que había sido educada en el colegio Guadalupe Victoria, una escuela fundada y dirigida por monjas. Yo de niña estudié en la primaria Matías Gómez, ésta se encuentra contra esquina de ese colegio. Siempre me preguntaba cómo sería estudiar ahí, dentro de esas enormes paredes pintadas de azul y rejas negras. Me imaginaba historias terroríficas de monjes que espantaban o de monjas regañonas. La señora se rió al comentarle mis pensamientos. — No, las monjitas eran muy buenas — aseguró. — Y, ¿por qué estaba estudiando usted ahí? — Mi mamá me internó cuando yo tenía ocho años, eso fue en 1942, estoy a punto de cumplir ochenta — se sonrió. Llegué cuando la escuela iba empezando y era una casita pequeña. Éramos sólo siete niñas, yo era la número siete. Nos asignaban números para que no mezcláramos la ropa. Mi mamá me dejó ahí porque estaba enferma, sabía que se iba a morir y quería que tuviera una buena educación. Vi la tristeza a través de sus gafas de aumento. — ¿Qué les enseñaban? — quise saber. — Primero, nos levantábamos a las seis y teníamos quince minutos para tender la cama, otros quince para arreglarnos e ir al comedor, pues antes de las siete debíamos asistir a misa. Luego al finalizar la ceremonia íbamos a clases. Nos enseñaban español, geografía, historia, matemáticas también a coser y bordar. Sentí ternura por la viejita, sus ojos brillaban al recordar. — Tardé mucho en recuperarme de la separación de mi mamá — me dijo — entré en depresión porque la veía muy poco, perdí el apetito, así que bajé mucho de peso. Luego poco después de que cumplí diez años se murió — me contó con un nudo en la garganta. — Lo lamento — es lo único que atiné a decirle, sentí congoja al ver que se le llenaban los ojos. — Sí, ya ves, han pasado setenta años y aún no puedo superar su pérdida. Me hubiera gustado mucho poder tenerla a mi lado, hablar con ella, abrazarla — mientras me contaba yo trataba de ser fuerte y buscar la manera de cambiar la conversación. Qué pena señora, ya la hice llorar — dije preocupada. — No te apures, me has hecho revivir lindos momentos — me sonrió — las monjitas hicieron todo lo posible por darme amor, pero nada ni nadie puede igualar el amor de una madre. Llegó el momento de mi consulta y me despedí de la señora. Mientras agradecía en silencio a Dios por la fortuna de tener a mi madre conmigo. Sé que nunca será suficiente, ni habrá forma de retribuir el amor incondicional de una madre. Esa primera persona que conocemos, con la que nos une un lazo férreo e indestructible y lo reconocemos desde el primer momento. Es en quien la naturaleza posó su sentimiento más sublime para darle forma y convertirlo en madre. La madre es el ciclo de vida, ejemplo de fortaleza, núcleo de todo ser humano. Bebemos la leche materna y nos fundimos en uno, madre-hijo, hijo-madre, en un acto bello de energía luminosa tan antiguo como la vida misma, en un pacto de amor que trasciende espacios, lugares y fronteras. Yo soy en gran medida lo que soy por mi madre. Mi madre se llama María de los Ángeles Rodríguez López y como su nombre lo dice, ha sido el ángel de guía, protección, valor y enseñanza. Gracias, mami, por estar siempre ahí, por darme tu tiempo, tu paciencia, tu cariño. Tu amor incondicional. ¡Te amo!

viernes, 9 de mayo de 2014

Yo, de niña.

Es con el corazón como vemos correctamente; Lo esencial es invisible a los ojos. Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Todos tenemos anécdotas que recordar de la niñez, pues esas experiencias han contribuido a nuestro desarrollo e inclusive, influyen en la etapa adulta para tomar decisiones, ya que nos hemos forjado durante ese periodo y gran parte de lo que somos hoy es un reflejo de ello. Nos marcan las personas, las experiencias, las situaciones, favoreciendo al cúmulo de vivencias y reminiscencias, así como del despertar en el asombro y la curiosidad. No recuerdo dónde leí o escuché que cuando no encuentras tu vocación o tu pasión, pienses en tu niñez e intentes hacer de tu vida un juego. Yo, cuando pienso en mi niñez, pienso en mi prima Gloria. Mi prima Gloria es un ser maravilloso y fuerte, un ejemplo de vida. Era gemela. Las niñas adelantaron su llegada a este mundo con cinco meses de gestación, un 17 de mayo de 1980. Los médicos creían que no pasaría la noche, aun así, introdujeron su pequeño y flácido cuerpo en la incubadora. Para su sorpresa Gloria vivió. Cecilia pereció al día siguiente. Mi prima Gloria se enfrentó al mundo sin vista, por la negligencia médica de no vendar sus ojos cuando estuvo en la incubadora, sin embargo, esa discapacidad no detuvo su caminar por la vida. Sus ganas de oler, de probar, de tocar, de escuchar, de sonreír. Desarrolló todos los sentidos para sustituir el faltante, que a fin de cuentas, nunca conoció. Te pregunto, ¿cómo juegas con una niña de tu edad que no ve? Muy sencillo. Usando el resto de los sentidos igual que ella. Jugando con la imaginación. Creando historias. Comiendo nieve, galletas, papitas, dulces, pasteles de chocolate. Inventando canciones, disfrazándote, dejando que sea tu muñeca, para pintarla y vestirla y luego al revés, aunque el maquillaje no quede parejo. Narrando las caricaturas de la tele, o escuchando los discos de Cri-Cri, haciendo galletas de lodo o, simplemente, tirarte en el pasto para sentir el viento sobre el rostro. Gloria me enseñó a ver la transparencia del alma, a apreciar a las personas por cómo se siente su vibra y su energía, no por lo que llevan puesto o por la belleza física, sino por el tono de su voz y, sobre todo y lo más importante, a enfrentar el día a día con entereza y tesón, a ser fuerte a pesar de las adversidades, a vivir libre de rencores o de complejos. Por eso, cuando me enfrento a un problema, recuerdo a mi prima y todo me parece más sencillo, pues como ella, las personas con alguna discapacidad son una especie de ángel, que vienen a enseñarnos sobre las cosas esenciales de la vida, como el amor, la fe y la certeza de que estamos aquí para aprender y ayudar a otros, sobre todo a recordarnos que nunca debemos olvidarnos del niño que llevamos dentro.

lunes, 21 de abril de 2014

Entre pandilleros.

Les comparto mi colaboración en la revista Coma Suspensivos. Entre pandilleros. Las casi tres horas y media que aproximadamente dura el vuelo de regreso del Distrito Federal a Tijuana parecían haberse reducido a una. A algunas personas, cuando saben que escribo, les gusta contarme su historia, y la historia de los dos jóvenes que venían sentados a mi lado me dejó pasmada. Uno es de complexión robusta, llevaba la cabeza rapada y la mayor parte de su piel tatuada con dibujos extraños. Iba vestido con camisa a cuadros, pantaloncillos cortos y anchos, calcetines a la rodilla y tenis blancos. El otro, un poco mas delgado y alto, vestía pantalón café y camisa azul de manga larga. Tenía tatuajes en el cuello y en los dedos. A los pocos minutos de que el avión despegara empezaron a sacarme plática. Preguntaron a qué me dedicaba. Les dije que escribía, lo cual pareció el detonante que les sirvió de desahogo. El de los pantaloncillos cortos se llama José y el de camisa azul Raúl, son hermanos. José tiene 36 años y Raúl 38. Habían pasado una temporada en la capital, visitando a familiares que no conocían. Crecieron en Los Ángeles, California, pero ahora viven en Rosarito, pues los deportaron de Estados Unidos, después de cumplir una condena de varios años por drogas, fraude y asesinato. Pertenecían a una pandilla en el este de Los Ángeles y lo decían con orgullo. Es un mundo que sólo he visto en las películas, y tener a esos dos jóvenes a un lado me pareció una anécdota muy peculiar. —¿Cómo fue que entraron a la pandilla? —quise saber. —You know, desde chicos vemos a nuestros amigos o cousins pertenecer a una, es cuestión de respeto, de protección. —¿Y qué tienen que hacer para pertenecer a ella? —No pos, aguantar chingadazos, te dejan caer patadas por varios minutos hasta que quedas todo madreado —respondió Raúl. —¿Y después? —Pos si aguantas ya estás dentro. —¿Y si te quieres salir? —You can’t —dijo José. —¿No? —Never —afirmó moviendo al tiempo que corroboraba con su cabeza— con la muerte nomás. —Y cuando estaban chicos, ¿qué les decían sus padres? —They were working all the time, so no tenían tiempo de ocuparse de nosotros, cuando morros, se supone que íbamos pa’la school, pero nos íbamos pa’con los friends. Ellos sí nos entendían. —Platíquenme de su pandilla. —We fought por el territorio, you know. Nos hacíamos un vest con magazines, tú sabes, y nos *enteipábamos el chest, pa’que los navajazos no nos perforaran al’hora de defendernos. Me contaron que habían caído en la cárcel en más de dos ocasiones por venta de drogas, por estafas y José por asesinato. Que dentro de la cárcel hay un “cuidador de llaves” al que tienen que rendirle respeto y tributo, tanto fuera como dentro del presidio, entregar la ganancia de la venta de drogas y que éste maneja todo desde ahí. Dentro de la cárcel las divisiones se hacen por razas: Asiáticos con asiáticos, latinos con latinos, negros con negros, anglosajones con anglosajones, etcétera. Batidos en una lucha por el poder. Cuidando siempre sus espaldas. —¿Qué sentiste cuando mataste a alguien? —le pregunté a José. —¡Me sentí liberado! La expresión de sus ojos, de su rostro y la misma respuesta me dejaron sin aliento. Nunca había tenido de frente a un asesino confeso. ¿En qué momento su vida había tomado ese rumbo?, ¿habría tenido oportunidad de elegir?, ¿hasta qué punto se puede culpar a los padres por las acciones de los hijos? Cuando esos padres, de México o de cualquier otro país, llegan a Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor para ellos y su familia, pensando que “el otro lado” es todo color de rosa, la verdad es que se enfrentan al racismo, al rechazo y a la dificultad del idioma. Viven amontonados en una casa pequeña, porque no les alcanza para más. Las segundas generaciones no pueden comunicarse, muchos se niegan a hablar español, los aleja cada vez más una barrera invisible que transforma sus relaciones. Dolorosamente se avergüenzan de sus raíces y es una pena. Los integrantes de las pandillas encuentran en esa unión una nueva hermandad. Los envuelve una bruma de violencia y lucha por dominar el territorio, “que no se metan con su calle, que no les roben clientes a su droga o lo van a pagar”, cubiertos de ira desfogan sus miedos, su propia angustia, enterrando la navaja. Los mueve el dinero, el sexo y la droga, no entienden de valores, ¿cómo van a comprender algo que no les fue inculcado? Claro, existen las excepciones, pero los que viven en un barrio donde los primos, los hermanos, los amigos, los vecinos forman parte de una pandilla no tienen muchas opciones y pertenecer a ella les brinda la seguridad que no encuentran en otra parte, —le entras o le entras— me dijo Raúl. El vuelo había llegado a su destino y la plática no daba para más. Cada quien tomó su rumbo. Nos despedimos, los vi alejarse, símil de almas en pena, fantasmas enclenques… Han pasado cinco años del encuentro con esos dos chicos, a veces me pregunto, ¿seguirán con vida?, ¿tratarían de cruzar la frontera ilegalmente para regresar al único mundo que conocen?, ¿formarían su propia pandilla? Lo cierto es que repiten un patrón de conducta y al parecer no termina. Es un ciclo que sólo unos cuantos logran romper. Mientras tanto, los integrantes de esos barrios siguen protegiendo sus espaldas, con revistas amarradas al pecho, armas blancas o de fuego para hacerse fuertes y de esa forma sobrevivir, pues nunca saben si en la siguiente pelea ganarán la batalla.

sábado, 5 de abril de 2014

Una experiencia ecuestre muy diferente.

Les comparto mi escrito para la revista Coma Suspensivos. www.comasuspensivos.com.mx Andrea es una niña de piel clara, cabello oscuro y rizado, recogido en dos coletas. Tiene seis años y parálisis cerebral. La conocí un lunes hace un par de semanas, durante su equinoterapia. Estaba recostada, bocabajo sobre el lomo de Castaña, un caballo color canela. —Hola Andrea —saludé. Ella, al escuchar mi voz, hizo un gran esfuerzo por volver su cabeza y fijar la mirada. Le llamaron la atención mis lentes de sol, me di cuenta porque arrugó el entrecejo y después mostró el asomo de una sonrisa, que le cambió la expresión en el rostro. —¿Cuánto tiempo lleva tomando la terapia? —pregunté a Magui, la encargada —Tres años. —¿Ha notado evolución desde que iniciaron? —quise saber. —Sí, ha sido increíble —respondió—, cuando Andrea llegó era semejante a una muñeca de trapo, no tenía nada de fuerza. Ahora ya puede empujarse un poco y aunque ha sido lento, estamos muy contentos con el avance. Sabemos que va a seguir mejorando. Me acerqué a la niña, extendí mi mano para tocarla. Ella tomó mi dedo índice y lo envolvió con sus deditos. Entendí su saludo: Un ligero apretón. Con él me decía hola, me contaba que la terapia iba bien. Quise observar un poco más del método terapéutico. Andrea se abrazaba al caballo, sintiendo la crin, dejándose llevar por la cadencia del animal, al tiempo que Magui se encargaba de protegerla, caminado a un lado. La equinoterapia estimula las articulaciones y los músculos del ser humano. Se presume que los movimientos del caballo son semejantes al caminar del hombre, por tanto, las personas que tiene alguna discapacidad se sienten protegidas y fuertes con el vaivén del equino. Esta actividad rehabilitadora provoca una evolución en el área psicológica, congnitiva, neuromuscular y social, disminuyendo así la ansiedad, ayudando a superar los miedos, estimulando la comunicación, mejorando la capacidad respiratoria, fortaleciendo los músculos, entre muchas otras más ventajas. La bondad de los animales es sanadora. ¿Cuántos de nosotros, que tenemos y convivimos a diario con una mascota podemos dar testimonio del amor incondicional que son capaces de dar? En este caso, Castaña muestra una paciencia y una docilidad que van más allá del simple entendimiento y comportamiento animal, es como si supiera a la perfección que Andrea necesita de su apoyo. Existe una conexión, un enlace que se siente, se percibe en el aire, un hilo dorado que los engancha, los ata de manera mágica, profunda, espiritual. No hay necesidad de hablar, tan sólo de sentir, de palpar. Las manitas de Andrea tocan a Castaña y esto le despierta las sensaciones, los sentidos. Castaña, por su parte, percibe la sinceridad que existe en el corazón de Andrea y continúa su paso, le transmite esa fortaleza de animal salvaje, de trote seguro, de libertad y se vuelven uno, confían, avanzan, experimentan. Veo la escena y no puedo evitar compararla con la fragilidad de la vida y sus enseñanzas. Para Andrea es un caballo, para mí ese caballo es un sueño, una meta, una pasión. ¿Cuántas personas en este mundo no aprovechan la oportunidad de subirse a ese caballo para crecer, avanzar, mejorar en cualquiera que sea ese sentido? Haber conocido a Andrea y la equinoterapia de cerca, aparte de percibir la fortaleza de la pequeñita para enfrentarse a la vida, me deja también la moraleja de que no importa el impedimento al que nos enfrentemos, la fortaleza de espíritu es mucho más poderosa que el esqueleto.